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Crónica del Archivo Histórico Viana
El Archivo Viana vincula su trayectoria con los avatares de los propietarios del Palacio de Viana en Córdoba. Arrancan sus fondos originales con la documentación que entre las postrimerías del siglo XV y principios del siglo XVIII genera la familia que hizo de él su casa principal, los señores de Villaseca, marqueses desde 1703. En 1765 empieza a componerse y ubicarse, distribuido en seis salas, en una entreplanta que se sitúa en torno al patio llamado, precisamente, del Archivo. Por entonces la marquesa de Villaseca sucedía al frente de la importante casa de Belmonte y Moratalla y su marido añadía el título de conde de Villanueva de Cárdenas. Toda la documentación que acompañaba a estas sucesiones se incorporó al Archivo.
El primer tercio del siglo XIX verá llegar una nueva oleada de fondos, al tiempo que los siguientes Villaseca vayan sucediendo en nuevos títulos y mayorazgos. En 1810, los señoríos cordobeses de Abolafias, Sanchuelo y Montalvo. En 1816, el título de conde de la Jarosa y los señoríos, también cordobeses, de Villar Viejo, La Vega, Arenillas, Matachel, Haza de la Banda y Cárdenas.

En 1817 los títulos sevillanos de marqués de Fuentes y conde de Talhara y Saltés, el oficio de Adelantado Mayor de Canarias, y el mayorazgo de Díaz Carrillo y Mejía, con propiedades en Granada y las Gabias, así como importantes documentos del título de conde de Torralba y de los señoríos de Santa Eufemia y La Guardia. En 1829 se incorporan los títulos de marqués de la Rosa y de la Mota de Trejo, que incluyen posesiones en Cáceres, La Rioja, Madrid e Italia y destacados expedientes personales; los señoríos burgaleses de Olmos de Cerrato, Santa Cecilia, Pinedillo y Torrecitores pertenecientes a la casa de los Ortega Cerezo de Torquemada; y los mayorazgos de los Urbina, Frías y Zuricaray, procedentes de la zona de Miranda de Ebro y Álava. Los marqueses de Villaseca sucederán, mediado el siglo, en el marquesado de Ontiveros y el señorío de Malaguilla (Guadalajara).

El azar de matrimonios y descendencias que engrandeció a la casa de Villaseca les jugará una mala pasada, a lo que se unió la legislación que desde 1836 abolía los mayorazgos, los oficios y patronatos perpetuos y la vinculación entre títulos y propiedades. Juan Bautista Cabrera será el último Villaseca al frente del edificio y su archivo. Casado y sin hijos con María del Carmen Pérez de Barradas, instituirá a ésta en su universal heredera, por testamento otorgado en 1871. De esta manera, aunque los títulos nobiliarios siguieron sus leyes de sucesión, las propiedades a que se referían pasaron a pertenecer a María del Carmen, fondos documentales incluidos, la cual en 1873 casó en segundas nupcias con Teobaldo Saavedra, desde 1875 primer marqués de Viana. En ese momento, Palacio y Archivo pasaron a pertenecer a la casa de Viana, más cuando María del Carmen y Teobaldo, sin hijos, instituyeron en sus testamentos como heredero al sobrino de éste, José, conde de Urbasa. Los títulos de marqués de Viana y conde de Urbasa, lógicamente se incorporan entonces al Archivo.
José Saavedra Salamanca (1870-1927), II marqués de Viana, será el propietario más importante que tenga el Archivo. Se unen en él tres características: primero, su protagonismo en la España de Alfonso XIII, de quien fue amigo y destacado miembro de su corte; segunda, la llegada con él de nuevos títulos al Archivo, marqués del Valle de la Paloma y de Villaviciosa, más nuevas propiedades y una modélica

administración de las que poseía; y tercera, que desde 1918 comprendió la importancia histórica y estética de su Archivo y decidió exponerlo a visitantes en vitrinas en el propio Palacio e incluirlo en la ruta de visitas selectas de turistas. Viana tuvo clara, además, su apuesta por convertir esa mansión en un museo y para ello adquirió importantes colecciones de cueros, azulejos y platería. Sólo su temprana muerte le impidió completar nuevas salas dedicadas a la cetrería y a pinturas.
Su hijo, Fausto, engrandeció el Palacio cordobés con el patrimonio que en 1956 trajo de su Palacio de Madrid, vendido al Ministerio de Asuntos Exteriores, y al Archivo con los títulos en los que sucedió, marqués de La Laguna, de la Coquilla y vizconde de Jarafe. El duque de Peñaranda, Jacobo Hernando Fitz-James Stuart Gómez, su sobrino nieto y sucesor, venderá el Archivo Histórico Viana a Cajasur en el año 2000, entidad que en 1980, con el nombre de Caja Provincial de Ahorros de Córdoba, había adquirido el Palacio donde se custodiaba.
El Fondo Viana está contenido en 714 legajos y 131 cajas de zinc que se distribuyen a lo largo de 191,26 metros lineales de documentación, con un estado de conservación general bueno. Sus umbrales cronológicos se sitúan en 1119 y 1980. También existe una colección de la Gaceta de Madrid, correspondiente a los períodos 1872-1896 y 1922-1925, y otra del Boletín Oficial de la Provincia de Córdoba, correspondiente a los períodos 1841-1909 y 1915-1925.
La labor de clasificación previa a su apertura al público tuvo como fin racionalizar su ordenación y facilitar la búsqueda de la documentación deseada. Fue realizada entre los años 2000 y 2004. Se optó por respetar las peculiaridades y la ubicación física original de los fondos e introducirlos en bases de datos, dividiéndolos en diecisiete secciones y cuatro secciones facticias, elaborando inventarios de todos ellos, suficientemente expresivos de sus contenidos, y, en algunos casos, catálogos. Tanto los inventarios como los catálogos, están disponibles en soporte impreso e informático, y se adecuan a la Norma Internacional General de Descripción Archivística ISAD (G).
La labor de clasificación, ha supuesto un total 10.983 fichas de catalogación correspondientes a otros tantos registros en base de datos. En el año 2004 se inició la digitalización de toda la documentación, prolongándose hasta 2010.
El Archivo Histórico Viana, se muestra como una joya donde acometer investigaciones sobre personajes de la Historia de España de los que hasta hoy apenas se poseían fuentes documentales; realizar estudios puntuales sobre señoríos, localidades, títulos, obras pías o sobre el gobierno de las élites locales; y ampliar los conocimientos y los datos sobre aspectos sociales, económicos, políticos, culturales, lingüísticos, religiosos y de la vida cotidiana, a partir de los datos que ofrecen los testamentos, las testamentarías, las partidas sacramentales, las cartas de dote, los expedientes de empleos y honores, las fotografías, la correspondencia o los expedientes de propiedad.